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jueves, 22 de agosto de 2013

Los mitos griegos.


Cada civilización conserva una serie de leyendas referentes al origen del universo. Como se trata del relato más importante de los recogidos de las diferentes mitologías, muchas veces se encuentra como una infinidad de narraciones y no como un solo mito que transmite la historia de la creación del mundo en las diferentes culturas.
En los griegos existen muchos relatos que describen el paso del universo desde la nada a la tierra, del silencio del nacimiento de los dioses y los hombres. Los antiguos poetas contaban que en el comienzo de todas las cosas estaba el Caos, un mundo sin formas, y que luego llegó a la tierra (Gea), representada como una madre con un vasto seno, capaz de recibir y proteger a todos sus hijos. Después se sumó Eros, el amor, el más resplandeciente y peligroso de los dioses. En una etapa posterior, del Caos nacieron el Erebo, la oscuridad sin luz y la Noche profunda, que a su vez había generado a Éter, la luz del cielo, y a Día, tras unirse en amor con el oscuro Erebo. La tierra creó entonces a Urano, el cielo estrellado, que la envolvió como si fuera un inmenso manto.
Después de Urano, la madre de todos los dioses dio vida a los montes, a los valle y al mar centellante; uniéndose amorosamente con el cielo, también generado por ella, engendró a Océano, un río infinito, tan amplio que rodeaba a la Tierra y la encerraba para la eternidad. Con Océano nacieron Hiperión, Temis, Mnemosine, la madre de las Musas, y muchos otros hijos, llamados Titanes, de los cuales el último, Cromos, era el más violento. De Urano la tierra concibió después algunos seres monstruosos, llamados Cíclopes, que poseían un solo ojo en medio de la frente y los Hecatonquiros (Coto, Briáreo y Gíes), gigantes con cien brazos y cincuenta cabezas. Todos estos seres eran odiados por su padre Urano, quién había resuelto mantenerlos escondidos en el tártaro, un lugar oscuro y sórdido, que estaba a igual distancia de la Tierra que del Cielo. Enojada por la forma en que eran tratados sus hijos, la Tierra, quiso vengarse de un esposo tan odioso, y pidió a los titanes que atacaran al padre y lo destronaran. Así fue como Cronos, el más terrible de sus hijos, se armó de una hoz de diamante –elemento irrompible y mortífero- e instigó a sus hermanos a sublevarse contra Urano. Entre todos lo agredieron y Cronos con la hoz afilada, le cortó los genitales, arrojándolos al mar. De las gotas de sangre que brotaron de la herida nacieron las Erinias, demonios violentos, y de la espuma marina que se levantó en el agua emergió la divina Afrodita, diosa del amor. Después de destituir a su cruel padre, los Titanes liberaron a sus hermanos prisioneros en el Tártaro y pusieron en el poder a Cronos, el más débil y astuto de todos.

Los dioses del Olimpo contra los Titanes.

Cronos, dios de los titanes, gobernaba el mundo cuando un oráculo le reveló que lo vencería uno de sus hijos. Por esa razón, empezó a engullir a su progenie, nacida de la unión con su hermana rea. La diosa, cansada de perder a los hijos, escondió en la isla de Creta al último, Zeus, después de darle a su esposo un pedazo de roca que él tragó pensando que era el niño. Zeus creció ideando formas de venganza contra su padre y se reveló contra su poder, obligándolo a escupir a los hijos que tenía en el estómago. Se inicio así una lucha entre los dioses del Olimpo: Zeus y sus hermanos contra los Titanes, las primeras divinidades que dominaron el mundo de los griegos. Fue un duro enfrentamiento, pues combatían en el campo dioses poderosos; pero al final Zeus se impuso con la ayuda de los Cíclopes, que le dieron el rayo y la centella, y de sus hermanos Hades, con el casco invencible, y Poseidón, con su tridente. Cuando cesó la contienda, los Titanes fueron encerrados en el lóbrego Tártaro y terminó su poder. Se inició entonces la era de los dioses del Olimpo, que echaron a la suerte el universo: a Zeus le tocó el dominio del cielo, a Poseidón el mar y a Hades el mundo subterráneo.


Las Musas.


Las Musas nacieron. A comienzo de los tiempos, de la unión de su padre Zeus con Mnemosine, diosa de la memoria. Eran nueve, ya que nueve fueron las noches de amor que los dos inmortales pasaron juntos. Las Musas vivían en el monte Elicona (Beocia). Eran consideradas las divinidades del canto y de la poesía, inspiradoras de los artistas, y podían hechizar con su voz a dioses y mortales. La más famosa era Calíope, patrona de la poesía épica; también estaban Clío, musa de la historia y Euterpe, musa la poesía lírica. Talía protegía la creación de las comedias, Terpsícore, la danza; Melpómene amaba particularmente la tragedia y Erato, la lírica coral; Polimnia, la pantomima y Urania, la astronomía.

El sacrificio.

En el mundo griego los hombres adoraban a la divinidad a través del rito del sacrificio, que en general era muy complejo, pues tenía un valor simbólico. En el sacrificio participaba toda la comunidad, que se reunía para dedicar a los dioses la parte más apetecible del animal. Inmortales y mortales compartían el banquete y el animal era sacrificado ante los dioses y los hombres reunidos. A partir del momento en que el gesto de Prometeo separó los dos mundos, el divino y el humano, el sacrificio pasó a ser también un intento por restablecer la antigua armonía. Recordando una época en que existía un universo común sin divisiones.

La leyenda de Prometeo.

Era una figura entre las primeras criaturas del mundo griego. Al igual que Zeus, era hijo de un Titán y provenía, por ende, del mundo de las divinidades primordiales. No obstante, vivía en la Tierra con los hombres y se preocupaba por su suerte. Un día, Prometeo hizo un sacrificio a los dioses, pero decidió reservar a los mortales la mejor parte del buey sacrificado: engañó, pues, a Zeus, y escondió los huesos bajo una capa de grasa, con la intención de hacer creer al señor de los dioses que había recibido las carnes más nutritivas. Una vez descubierta la mentira, Zeus se enfureció y quitó el fuego a los hombres, que a partir de ese momento se vieron obligados a vivir en una tierra sin luz. Volvió a ponerse en acción la astucia de Prometeo, que pudo robar al carro del sol pequeñas chispas del fuego que escondió en una caña hueca y llevó a los mortales para iluminar la noche. Fue una afrenta suprema: Zeus, envió a la tierra una criatura modelada por los dioses, llamada Pandora,  que en griego significa “llena de todos los dones”. Las divinidades mismas la crearon de la nada y Afrodita, diosa del amor. La transformó en el ser más seductor que los hombres habían visto. Fue enviada al hermano de Prometeo y, con Pandora, hicieron entrar al mundo de los mortales el cansancio y el dolor. Luego Prometeo fue atado con hilos de acero a una roca en la lejana región de Cáucaso, donde cada día lo visitaba un Águila gigantesca, que le devoraba el hígado, al fin, el héroe Heracles lo liberó y Zeus lo perdonó, pues había sido capaz de predecirle el futuro.

Pandora.

En el mito de Prometeo, Pandora llega a la tierra, jardín de delicias. Enviada por los dioses para tentar y corromper a la especie humana. Con Pandora llegaron el dolor, el cansancio y la necesidad de trabajar duramente. El mismo mito reaparece en la tradición judeo-cristiana: la Biblia narra, en el libro del Génesis, que Dios creó a la mujer (Eva) del cuerpo del hombre (Adán), para darle una compañera que compartiera con él las alegrías del Edén. Pero Eva resultó ser la fuente de todos los males, y convenció a Adán de que probara el fruto del único árbol que Dios les había prohibido tocar, de ese gesto habría surgido el pecado original del género humano: Adán y Eva fueron expulsados del paraíso e iniciaron una vida de peregrinación y esfuerzos.

Las divinidades del cielo.


Los griegos honraran a una divinidad del Sol, que llamaban Helios, perteneciente a la estirpe de los primeros dioses, los Titanes. Tenía por hermanas a Eos, Aurora, y a Selene, la luna. Se la representaba como un muchacho en plena juventud, con una cabellera que formaba una especie de corona de brillantes rayos. Se decía que recorría el cielo sobre un carro de fuego tirado por caballos veloces como el viento, cuyos nombres evocaban el esplendor incandescente de los rayos.; Flegonte, Aetón, Pirois y Éoo. Cada mañana el dios subía a su carro de fuego desde el país de los etíopes y surcaba el cielo, viajando con su  estela de fuego de oriente a occidente, iluminando la Tierra. Al llegar a la orilla del océano, en los confines del mundo, hacía beber a los caballos, agotados por la larga carrera, y reposaba en el palacio esculpido de oro. Durante la noche navegaba sobre las olas del océano, acunándose en una copa que le servía de nave. Al día siguiente repetía su extenuante trayecto por el cielo.
Esta divinidad extraordinaria fue pronto dejada de lado por los griegos, ya que los cálculos de astronomía eran cada vez más exactos y las leyendas sobre el astro reluciente se volvían inverosímiles.
Una figura menor era la diosa de la luz opalescente que representaba la luna: Selene, hermana de Helios, la que recorría el cielo en una carroza de plata, tirada por dos caballos. A ella le había tocado la noche, que iluminaba con su luz perlada. Se decía que había tenido una hija de Zeus, llamada Pandia, la resplandeciente. Su amor más célebre fue que tuvo con el bello pastor Endimión, al que amó apasionadamente, tanto que le dio cincuenta hijas.

Hermes e Iris.


En el mundo de los antiguos griegos transitaban también una serie de divinidades que vivían entre el cielo y la tierra, la más importante era Hermes, hijo de Zeus y Maya, quién desde su nacimiento demostró una inteligencia extraordinaria. Al llegar a la edad adulta, recibió de su padre el encargo de llevar mensajes del cielo a la tierra y viceversa. Era el dios que acompañaba las almas de los muertos a la ultratumba, que protegía los viajes, los intercambios comerciales  y vigilaba el sueño de los mortales. La leyenda decía que volaba por el espacio celeste, calzado con sandalias atadas y llevando en la cabeza una boina con dos alas a los costados; en la mano portaba un bastón de pregonero en cuya punta había dos serpientes entrelazadas. Además de Hermes, recorría el espacio celeste otra diosa espléndida, Iris, la divinidad del arco iris, que volaba sobre la cambiante franja de colores, llevando a la tierra los mensajes de Hera, reina de los inmortales, Iris era hija de Taumante, quien a su vez había sido engendrado por el mar y por Electra, una de las hijas de Océano; provenía, pues, de las olas brillantes, en las que se sumergía, a veces, al final del arco iris.

Cástor y Pólux. Dos niños transformados en estrellas.


Son muchas las leyendas que se recuerdan a propósito de estos dos personajes, antiguos héroes del mundo griego, que fueron divinos por ser descendientes de Zeus, señor del cielo. Los jóvenes eran gemelos y nacieron de Leda, mujer del rey de Esparta. Zeus se unió a ella bajo la forma de un cisne, y la dejó encinta de Cástor y Pólux. Una vez crecidos, los gemelos fueron protagonistas de numerosas aventuras, enfrentándose en combate con algunos de los héroes más famosos del mundo antiguo, pero la prueba más exigente, la lucha contra sus primos, significó graves heridas para Pólux y la muerte para su hermano.
Zeus, por amor a sus hijos, llevó entonces a Pólux al cielo y le dio la inmortalidad. Pero Pólux no quería separarse de su amado hermano y decidió compartir con él el destino de ultratumba. Zeus, les permitió entonces pasar la mitad de la vida en el cielo y la otra mitad en el mundo de los muertos. Finalmente Cástor y Pólux fueron transformados en constelaciones, con el nombre de Dióscuro, que significa “los nacidos de Zeus”, destinados a ser una guía para los navegantes en medio de los peligros del mar abierto.

La metamorfosis de Zeus.

Se decía que el padre de los dioses tenía predilección por las mujeres mortales, pero como no podía unirse a ellas en su forma divina, adoptaba diversas apariencias. Para seducir a la madre de los Dioscuros, se transformó en un cisne blanco, figura con la cual había seducido también a Némesis, que se había transformado en oca para huir del dios. Por amor Dánae, una muchacha encerrada en una torre, se convirtió en una lluvia dorada, que cayó sobre el cuerpo de la joven a través de una abertura en el techo y la dejó encinta del héroe Perseo. Para seducir a la hermosa reina Alcmena, esposa de Anfitrión, adoptó el aspecto del marido legítimo y, en una larguísima noche de amor, concibió con ella Heracles, el más célebre de todos los héroes, llamado Hércules para los romanos.

Atlántida.


Según un mito narrado por Platón, al principio de los tiempos había una isla frente a las Columnas de Hércules, donde el mar se transformaba en océano. Esa isla maravillosa era el dominio del dios Poseidón, que vivía allí con Clito, una joven por la cual sentía un amor profundo y que lo había inducido a construir un reino fantástico: palacios, jardines, patios, juegos de agua, manantiales y dulces arroyos. Los dos amantes habían engendrado un hijo. Atlante, que se había convertido en señor de ese territorio encantado. La isla fue dividida posteriormente en diez parte; en cada una reinaba un descendiente del dios del mar, un Atlántide. El reino de los Atlántide fue vencido por Atenea, y la isla se hundió en el mar luego de cataclismo.

Los mitos del mar.


En la lengua griega el mar tenía muchos nombres, debido a los numerosos aspectos que adoptaba para los navegantes ese abismo sin fondo, surcado por las embarcaciones de los mercaderes y poblado por peces y dioses. Señor de ese mundo era Poseidón, hermano de Zeus y de Hades, que había recibido el mar cuando los tres hermanos se repartieron el universo.

Poseidón y su séquito.

La leyenda cuenta que el dios Poseidón, que llevaba en la mano un tridente, cabalgaba sobre las olas marinas conduciendo un carro encantado, rodeado por las ninfas del mar, los tritones –que tenía el tronco de hombre y la parte inferior del cuerpo en forma de pez-, los delfines y una infinidad de criaturas de las profundidades. Habitaba en el fondo del mar, en un palacio maravilloso, con altas torres inmaculadas que se elevaban en medio del silencio de las aguas, y espléndidas decoraciones de corales y conchilla. La sala del trono tenía bellísimas esculturas, que representaban a los monstruos del mar. Poseidón era el señor de todas las aguas, los lagos y las lagunas, y el dueño de una isla maravillosa, que se sumergió para siempre en los abismos marinos: la Atlántida. El dios tuvo muchos hijos, de uniones con diosas y mujeres inmortales, pero a quién más amó fue a la ninfa Anfitrite, que vivía con su esposo en el palacio encantado.
Un día se desencadenó una disputa entre Poseidón y la diosa Atenea. Por el control de la ciudad de Atenas: para impresionar a sus habitantes; Poseidón creó de la nada un mar sobre Acrópolis. Pero fue derrotado, la diosa entregó a los atenienses la planta del olivo, infinitamente más útil para los mortales. Al perder el duelo, Poseidón desahogó su ira agrandándose hasta inundar la llanura de Eleusis, una localidad cercana a Atenas.

Afrodita.

Existen maravillosas leyendas relacionadas con la diosa del amor, Afrodita, pero la más fascinante es la que narra de qué manera nació del mar esta divinidad, hija del semen de su padre, Urano, asesinado por Cronos. Ese día, las olas comenzaron a elevarse y chocar unas contra otras, hasta que la tempestad se calmó y, de la extensión que brillaba bajo el sol, emergió la más bella de las diosas, la divina Afrodita. Los Céfiros, vientos ligeros, la llevaron a la isla de Citera y luego a Chipre, donde en la antigüedad se construyeron suntuosos en su honor. Cuando las muchachas que personificaron las estaciones del año adornaron a Afrodita con los vestidos más preciosos y más perfumados ungüentos, la diosa fue llevada al Olimpo, a la morada de los inmortales, y fue entregada en matrimonio al dios Hefesto, el más feo  y más deforme de los que habitaban los palacios divinos. La diosa del amor no se conformó con un solo marido como Hefesto, y se unió con Ares, dios de la guerra. Descubierta por su marido, fue apresada junto a su amante en una red mágica y expuesta a la burla de los dioses, que acudieron a ver el “botín” de Hefesto.

Dioniso y los piratas.

Entre las muchas historias que circulaban en la antigüedad sobre el dios del vino y del teatro, la más curiosa es la del rapto de Dioniso por parte de un grupo de hombres dedicados a la piratería. Un día la divinidad quiso ir a la isla de Naxos, por la que sentía una especial atracción, y aceptó viajar en el barco con unos mercaderes que luego resultaron ser piratas. Estos vieron al apuesto joven, vestido lujosamente, y decidieron raptarlo y venderlo como esclavo. Pero sucedió que en medio del mar su embarcación se cubrió totalmente de hiedra, los remos se transformaron en serpientes y una música espantosa penetró en los oídos de los navegantes. Entonces, los raptores entraron en pánico y enloquecieron por los prodigiosos hechos acontecidos en su barco; se arrojaron por la borda y, mientras nadaban en el mar “color vino”, se transformaron en delfines: sus brazos pasaron a ser aletas, sus espaldas se curvaron y las piernas se convirtieron en una larga cola plateada. Por esa razón, los delfines son grandes amigos del hombre, justamente porque en su tiempo fueron navegantes que surcaban las olas del mar.
Dioniso era un joven dios cuyo poder llevó a los piratas a la locura, pero era también el dios del vino y del teatro. Concebido por Zeus y una princesa tebana, el padre de los dioses recogió a su hijo del cuerpo sin vida de la madre y se lo cosió a su propio muslo para que naciera en su momento oportuno. Algunas leyendas narraban que Dioniso había sido destronado por los Titanes y que después había renacido mágicamente. Entre sus deberes figuraba el de presidir los ciclos de la naturaleza. Llevaba al éxtasis a sus seguidoras, las Ménadas, mujeres que retozaban en los montes. Alimentándose de carne cruda y leche.

Los amores entre los dioses y los mortales.

Los mitos griegos hablaban de un mundo donde dioses y hombres no vivían separados, sino que podían encontrarse al inicio de un camino, en un bosque a las horas más cálidas o donde brotara un manantial. Podía suceder también que los mortales se enamorasen de una divinidad o que los mismos sintieran el deseo de unirse a un humano.

Eros. El dios del amor.

 Fueron muchos los relatos sobre el nacimiento del dios del amor, y las peripecias de las que fue protagonista. Había quienes decían que Eros había sido engendrado directamente por Caos, o que había nacido del huevo primordial, de cuyo cascarón había salido el cielo y la tierra. Según Platón, Eros era el hijo de Poros, la abundancia u Penia, la escasez, y por ende era un dios insatisfecho, siempre andaba en busca de algo que colmara ese vacío que sentía.
En otras leyendas, Eros era hijo de Ilitia, la diosa del parto o hijo de Iris, la diosa del arco iris, o también se lo creía el fruto de los amores de Afrodita. Se representaba a Eros como un hombre espléndido, a veces con alas, que se aproximaba a hombre y a dioses, lanzándoles las flechas incandescentes del amor.  

Zeus y Séleme.

El señor de los dioses era conocido en la Antigüedad por su infidelidad. Su esposa Hera se quejaba de ser abandonada por el marido, y detestaba sobre todo su debilidad por las mujeres mortales.
Entre sus numerosas aventuras figura el encuentro de Zeus con la princesa tebana Séleme. Cuando Hera se dio cuenta del amor del dios por la noble muchacha, la convenció de que pidiera a su amante que se manifestase ante ella en toda su divinidad.
Como Zeus había prometido a Séleme no negarle nada, se presentó ante ella con su aspecto original, refulgente de luz cegadora, y rodeado de rayos. La joven mortal no pudo apartar la vista del dios, y murió fulminada.
Séleme, no obstante, ya llevaba en su vientre al hijo de Zeus, Dioniso. El señor de los dioses tomó, entonces, el feto del cuerpo de la princesa muerta y lo cosió en el interior de su propio muslo, donde permaneció hasta que llegó el momento del nacimiento. Luego Zeus lo llevó a la Isla de Creta, Donde Dioniso fue criado hasta que manifestó su naturaleza divina.

Afrodita y Adonis.

Se decía que la diosa Afrodita, pese a ser la divinidad del amor, en realidad no se enamoraba con frecuencia.
Una leyenda de origen sirio recordaba la historia de una muchacha llamada Mirra, hija de Teia. Rey de siria. La joven había provocado la cólera de la diosa Afrodita, quien le inspiró un amor incestuoso por el padre. Desesperada por la acciones realizadas, Mirra pidió salvación a los dioses, que la habían transformado en un árbol. Un día la corteza del árbol estalló y salió un niño, cuya belleza era tan grande que conmovió a Afrodita. La diosa lo confió a Perséfone, reina de los mundos muertos, para que lo criara, pero el niño, una vez crecido, se negó a quedarse entre los fantasmas de los difuntos y quiso pasar todo el tiempo con la diosa del amor. El hijo que se llamaba Adonis, se convirtió en amante de Afrodita y vivió con ella mucho tiempo, hasta que, siendo todavía joven, fue muerto por un jabalí durante una cacería

Dioniso y Ariadna.

Dioniso fue para los griegos la divinidad más alejada de los dioses que habitaban el Olimpo. Hijo de Zeus y de una princesa mortal, Dioniso era el dios del vino y del teatro, pero también era el dios del aturdimiento y la locura. Al parecer vagaba por el mundo con su cortejo de seguidores, mujeres presas del delirio, al que se dio en llamar bacantes, sátiros y animales de distinto género, entre ellos las maravillosas panteras. Un día llego a la isla de Naxos, que a él le gustaba mucho, donde encontró una muchacha dormida a la orilla del mar. Era Ariadna, princesa cretense hija del rey Minos, que había sido abandonada allí por su amado, el joven Teseo.
El dios se enamoró de inmediato de su belleza y se conmovió por la suerte de la desdichada jovencita, alejada de su patria y abandonada por su compañero. Decidió entonces casarse con ella y la llevó al Olimpo, donde vivían los dioses, transformándola en diosa inmortal. Después del matrimonio, Dioniso creó también estrellas en el cielo, para recordar a todos el amor eterno que lo ligaba a Ariadna.

Los sátiros.

Eran los demonios de la naturaleza, que participaban en el séquito de Dioniso, con el cual bebían vino y perseguían a las ménades y a las ninfas en el bosque. Se los representaba como seres humanos bestiales, con la parte inferior del cuerpo en forma de animal (caballo o carnero) y una cola larga y espesa. Con el correr del tiempo fueron perdiendo todo aspecto animal, y sus pies pasaron a ser similares a los humanos; les quedó solo la cola. El sátiro, o sileno, más famoso fue Marsias, que un día recogió la flauta de dos cuerdas, instrumento inventado por la diosa Atenea, que lo había dejado porque le deformaba la cara cuando lo tocaba. Emocionado por aquel sonido, Marcías desafió al dios Apolo a una competencia musical entre flauta y lira, pero la divinidad ganó y, para castigar al sátiro insolente, lo descuartizó vivo, después de colgarlo de un plátano.  

Heracles o Hércules.


El mítico héroe griego (llamado Hércules por los romanos), nacido de Zeus y de Alcmena, una mortal, tuvo que dar pruebas de su legendaria fuerza física desde recién nacido: logró matar con sus manos las dos serpientes que Hera le puso en la cuna. Ya adolescente, arrancó un olivo silvestre para fabricarse un arma, y venció a las lobas feroces que amenazaban los sembradíos. Su fuerza y valor le permitieron superar los “doce trabajos” que le impuso el Rey Euristeo –quién temía su presencia en el reino-, entre otros la lucha contra Hidra, monstruo de Lerna.

El oráculo de Delfos.


Al comienzo de los tiempos había un oráculo femenino en Delfos, que había profetizado el destino del héroe Aquiles. Un día Zeus decidió que el poder sobre el futuro debía recaer en el dios Apolo, y lo instaló en Delfos, que llegaría a ser el centro de oráculos más importante del mundo antiguo. Cuando Apolo tuvo que elegir los sacerdotes a quienes a quienes confiaría la administración del templo, vio en el mar una nave gobernada por marinos cretenses, y decidió que sus sacerdotes debían ser cretenses: se les apareció en forma de delfín y los guió a Delfos, para que fueran sus ministros. Las predicciones del dios llegaban a los mortales por boca de Pitonisa o Pitia, una sacerdotisa que recibía a reyes, príncipes, héroes y emisarios de las ciudades más importantes, para responder a las consultas que le dirigían a Apolo. Los oráculos emanados de Pitonisa eran herméticos, en forma de adivinanzas o enigmas, y no era fácil comprender exactamente el parecer de la divinidad.


Los héroes de Grecia.
La destrucción de Troya.

París Alejandro, un príncipe troyano que, según las predicciones hechas a su nacimiento, estaba predestinado a ocasionar desdichas, fue elegido por las divinidades, cuando era un niño, para actuar como juez en un concurso de belleza entre las diosas-eligió a Afrodita, diosa del amor, no solo por su gracia sin igual, sino porque ella le había prometido a cambio de su voto favorable el amor de la mujer más bella del mundo: Helena, reina de esparta. Cuando parís llegó al palacio de Menelao, príncipe espartano, se enamoró de la bella Helena, esposa de aquél, y la raptó para llevarla con él a Troya Este ultraje desató la ira de los griegos, que organizaron una expedición contra Asia, para arrasar la ciudad de la cual provenía un príncipe tan malvado. Los señores de Grecia partieron hacia Troya, acompañados por sus poderosos ejércitos y sus naves invencibles. Desembarcaron en Asia Menor y cercaron la ciudad enemiga, sitio que duró diez años y provocó muchísimas víctimas. Murieron héroes extraordinarios y soldados desconocidos, pero sobre todo perdió la vida el príncipe Héctor, hijo del Rey Príamo, y Aquiles, el guerrero más célebre del mundo griego. Después de diez años de asedio, Troya fue vencida gracias a un engaño. Epeo, un hábil artesano que formaba parte del contingente griego, construyo un enorme caballo de madera, dentro del cual se ocultaron algunos guerreros. Los troyanos creyeron que el animal era un regalo para la diosa Atenea, lo introdujeron en la ciudad y comenzaron los festejos por lo que creían su victoria sobre los griegos. Durante la noche, el vientre del caballo se abrió y los griegos se dispersaron por la ciudad, sembrando la muerte y quemando todos los palacios de Troya. Esa noche terrible, en la cual las llamas se elevaron como lenguas de fuego que iluminaron la oscuridad de Asia, desapareció la ciudad que había albergado a héroes famosos y nobles princesas.

Aquiles. El invencible.


El más conocido de los héroes que lucharon en Troya fue Aquiles. Su madre, Tetis, la ninfa del mar, era objeto de deseo de dioses y hombres, pero se casó con un príncipe mortal, Peleo, con quien engendró a Aquiles. Este era invencible, debido a que la madre lo había sumergido en la corriente de Estigio, el río infernal; pero su talón permaneció vulnerable, pues fue la parte que Tetis sostenía con firmeza mientras bañaba a su hijo en las aguas encantadas. Ya adulto, se vio obligado a partir hacia la guerra de Troya, y allí combatió con valor hasta que el príncipe de Micenas, Agamenón, le robó su presa, una muchacha llamada Briseida, de la cual Aquiles se había enamorado. Este episodio desató la ira del héroe, que dejó de luchar, hasta que la muerte de su amigo Patroclo lo convenció de retomar as armas: obsesionado por vengar a su compañero. Aquiles se lanzó al campo con renovado ardor y dio muerte al mejor de los héroes troyanos: el príncipe Héctor. No obstante, su fin estaba cerca. Los dioses le habían augurado gloria y fama, pero una vida corta: Aquiles cayó bajo de Troya alcanzado por una flecha de París que fue a clavarse junto al talón.

Tetis y Peleo.

Entre quienes querían tomar por esposa a Tetis se contaban Zeus y Poseidón, pero un oráculo había vaticinado que el hijo nacido de Tetis sería más fuerte y más poderoso que el padre: por ese motivo, los dioses no quisieron casarse con ella. Tetis fue entonces prometida a peleo, uno de los héroes más valerosos, que había sido criado por el centauro Quirón, pero la ninfa no quería unirse a un hombre mortal y trató de escapar de él. Sin embargo, Peleo la capturó y se casó con ella en presencia de todos los dioses. Cuando Tetis dio a luz a Aquiles, sabiendo que su hijo era mortal, quiso darle vida eterna, provocando la furia de Peleo, que se separó de ella. Tetis siguió ocupándose de su hijo y, cuando el adivino Calcante dijo que Troya podía ser vencida sólo con la ayuda de Aquiles, escondió su hijo para que los guerreros griegos no lo encontraran. Fue inútil: Aquiles partió hacia Troya y allí encontró la muerte.

La estructura de odisea.

Cuando el poema se inicia, habían transcurrido diez años desde que terminó la guerra de Troya. Odiseo llevaba siete años retenido en la isla de Oggia, donde vivía la diosa Calipso, que lo tenía atrapado con sus hechizos. Mientras tanto, la corte de Ítaca estaba en manos de cínicos que cortejaban a la reina Penélope. Cuando Zeus obligo a liberar a Odiseo, el héroe se embarcó en una balsa y llego a la corte de los Feacios. Allí, durante un banquete. Odiseo relató el fin de Troya y las peripecias que había pasado. Al concluir el relato, Odiseo fue llevado por los feacios a Ítaca, donde, después de disfrazarse, comenzó a urdir tretas y castigar a los traidores.

El retorno de la guerra.

El fin de la guerra de Troya y el viaje de regreso representaron para algunos guerreros griegos que combatieron en Troya, el comienzo de sus desdichas.

Odiseo.

Entre esos guerreros estaba Odiseo, uno de los personajes míticos más célebres de todos los tiempos. El héroe (Ulises, en la tradición latina) era hijo de Laertes y de Anticlea, soberanos de la isla de Ítaca.
Cuando Tíndaro decidió darle un marido a su bellísima hija, Helena, Odiseo no pudo participar de la competencia de pretendientes porque era muy pobre, pero igualmente juró defender a Helena de los enemigos. En el momento en que París Alejandro tuvo la audacia de raptar a la princesa, entonces esposa de Menelao, también Odiseo partió para luchar en Troya, y se distinguió en el campo por su heroísmo y astucia. Al término del funesto conflicto, se hizo a la mar con sus compañeros para regresar a Ítaca, su patria.

La Odisea.


El poeta Homero narró las infinitas aventuras por las que pasó el héroe en el viaje de regreso, aventuras que lo mantuvieron alejado de Ítaca durante otros diez años.
El regreso de Odiseo, es una de las leyendas más extraordinarias del mito griego, pues entró en contacto con mundos maravillosos y tuvo que enfrentar increíbles pruebas. El héroe fue encerrado en la guarida de Polifemo, el cíclope de un solo ojo; conoció la corte de Eolo, rey de los vientos, y de sus numerosos hijos; encontró a la hechicera Circe, que convirtió a sus compañeros en cerdos; navegó hacia el mundo de los muertos y descendió a las tinieblas para consultar al adivino Tiresias sobre el futuro que lo esperaba; escuchó el canto terrible de las sirenas, que mataban a los marinos cuando pasaban frente a su isla. Odiseo también llegó a la isla de la ninfa Calipso, que lo mantuvo a su lado durante siete años, embrujándolo con hechizos. Finalmente, después de mucho peregrinar, el rey de Ítaca llegó a Esquería, la isla de los feacios, donde encontró a una estirpe de hombres inmortales, que lo devolvieron a su tierra.

Ítaca.


Cuando el héroe regreso a su casa, se vengó de sus enemigos. Mató a los pretendientes a la mano de su esposa Penélope, quienes durante todos esos años habían acudido al palacio real, tratando de casarse con la reina. Ajustició a los siervos infieles que, creyéndolo muerto, se había aprovechado para traicionarlo. Así, después de llevar a cabo su venganza, Odiseo finalmente tuvo la posibilidad de volver a abrazar a su esposa, la que había esperado su regreso durante veinte años.

Agamenón. Su Retorno.

Cuando Helena, esposa de Menelao, huyó con Paris hacia la ciudad de Troya, el señor de Esparta se indignó y llamó a su hermano Agamenón, para que lo ayudase a recuperar a su mujer y vengar la ofensa.
Para ello, Agamenón, que reinaba sobre la espléndida Micenas, reunió a muchos guerreros y a un ejército imponente, con el fin de emprender una expedición al Asia contra los enemigos. Como no soplaban vientos favorables a la navegación, y los héroes aguardaban a la orilla del mar sin poder zarpar; Agamenón cometió un acto terrible, que le resultaría fatal: sacrificó a su propia hija Ifigenia para aplacar la ira de la diosa Artemisa, que impedía la partida, con lo cual se ganó el odio de su esposa, Clitemnestra, que no perdonó nunca más al homicida de su hija. Mientras Agamenón combatía valerosamente en la llanura de Troya. Clitemnestra tramó un plan diabólico. Con su amante, Egisto, que también era primo de Agamenón, esperó la vuelta del guerrero y lo recibió con la gentileza de una esposa solícita y fiel, pero apenas el rey cruzó los amplios umbrales de su residencia lo mató sin piedad, vengando la muerte de Ifigenia.

Las sirenas.


Las sirenas eran demonios marinos mitad pájaro y mitad mujer. Se decía que vivían en una isla del mar mediterráneo y que embrujaban con su voz a los marinos que pasaban frente a sus costas. Odiseo y sus compañeros navegaron un día frente a las sirenas, y el héroe escuchó el sonido irresistible del canto de estos seres maravillosos, que lo incitaban a dejar la nave para unirse a ellas. Pero él tapó con cera los oídos de sus compañeros y se hizo atar al mástil de la nave, logrando así salvarse. También la expedición de los Argonautas pasó por las tierras, pero el canto divino del poeta Orfeo, que navegaba con la tripulación de la nave de Argos, pudo embrujar incluso a las hechiceras, y así los héroes escaparon de un peligro mortal.

La muerte del héroe.

Para los antiguos griegos, los ritos de la sepultura eran un elemento fundamental de las creencias sobre la muerte. Cuando un héroe moría, su cuerpo era quemado en una hoguera fúnebre. La pira. En los poemas homéricos, junto al cuerpo se colocaban los animales que le habían pertenecido en vida, pero también los esclavos, a menudo capturados como botín de guerra. Seguían sacrificios de animales y lamentos fúnebres, que formaban parte de un ritual destinado a evitar el sufrimiento del difunto en la ultratumba.
El miedo más grande para un héroe era quedar insepulto, saber que su cuerpo podía ser devorado por los lobos feroces. Si esto llegaba a ocurrir, el difunto se convertía en un espíritu inquieto, suspendido entre la vida y la muerte, eternamente en busca de una morada final.

La leyenda de Heracles.


El héroe más famoso del mundo antiguo fue Heracles; su culto estaba difundido en toda Grecia. Más tarde, para los romanos fue Hércules e inspiró la leyenda del rey Arturo.
Toda la vida de Heracles fue extraordinaria, empezando por la forma en que fue concebido. Zeus se enamoró de Alcmena, esposa de Anfitrión, Rey de Tebas; cuando este último partió a la guerra, el señor de los dioses ingresó en el palacio real y, tomando la apariencia de Anfitrión, fue hasta donde estaba Alcmena y se unió a ella; así fue concebido Heracles. Al llegar el momento de su nacimiento, Hera esposa de Zeus retraso todo lo posible el parto, provocando a Alcmena dolores muy fuertes. Desde sus primeros días de vida, Heracles fue sometido a muchas pruebas: Hera, de hecho le puso en la cuna un par de serpientes para que lo mataran, pero el niño las estranguló, demostrando una fuerza física excepcional.
Cuando creció, Heracles recibió como esposa a Megara, hija de Creonte, rey de Tebas, pero el héroe mató a sus hijos y a su esposa en un ataque de locura que le provocó Hera, quien seguía siendo su enemiga.
Entonces, Heracles, destruido por haber exterminado a su familia, se dirigió al oráculo de Delfos para pedir ayuda a la sacerdotisa del dios Apolo y averiguar cómo podía purificarse del delito cometido, la pitonisa le respondió que debía ponerse al servicio del tirano Euristeo, que descendía de su mismo linaje. Euristeo celoso de la fuerza y la fama de Heracles, lo sometió a pruebas extraordinarias, que los antiguos conocían como los “doce trabajos”. Se trataba de empresas prodigiosas, que solo un hombre descendiente de los dioses podía realizar. Mientras estaba al servicio de Euristeo, Heracles derrotó a una serie de monstruos y se dirigió a los confines del mundo, para descubrir nuevos territorios ignorados por los hombres. Una de las primeras pruebas fue matar al león de Nemea, un animal de cuerpo enorme, que vivía en una cueva de dos salidas y era invulnerable. Heracles, logró sofocarlo, lo desolló y usó su maravillosa piel, poniéndose sobre la cabeza el hocico del león a modo de casco. Un día, Admete, la hija de Euristeo, manifestó el deseo de tener el cinturón de Hipólita, reina de las amazonas, y el héroe se vio obligado a partir hacia aquel reino lejano, con una sola nave y pocos compañeros. Cuando llegó, la reina Hipólita le dio con gusto su cinturón, que según la leyenda pertenecía al dios de la guerra, Ares, pero Hera hizo surgir una disputa entre el héroe y el pueblo de las amazonas, durante la cual Heracles dio muerte a Hipólita. El último trabajo impuesto al héroe fue capturar a Cerbero, un perro con tres cabezas, una cola de la cual partían los anillos de una serpiente, y en el lomo, una cresta compuesta por cabezas de víbora. Cerbero era guardián del reino de los Infiernos, y Heracles nunca habría podido capturarlo sin la ayuda de Hermes y de Atenea. En el mundo de los muertos encontró numerosos monstruos y algunos héroes, que ya pertenecían a la tierra de las sombras, hasta que llegó finalmente a la puerta de Hades, dios de los muertos, a pedirle autorización para llevar a Cerbero de vuelta a la luz del sol. El dios asintió, con la condición de que lo devolviera, y Heracles condujo al terrible monstruo de Euristeo: cuando el tirano lo vio, tuvo tanto miedo que se escondió en una vasija. Heracles devolvió al perro al reino de los Infiernos.
La muerte para el extraordinario héroe fue un acontecimiento extraordinario. Heracles se había casado con Deyanira, hermana del héroe Meleagro, al que Heracles había conocido en los Infiernos; pero en los últimos años de su vida se enamoró de Iole, hija del rey Eurito, provocando la ira de su esposa. Ésta le confeccionó una túnica que mojó con la sangre encantada del centauro Neso, creyendo de ese modo poder reconquistar el amor del héroe. Antes de morir, de hecho, el centauro le había dado su propia sangre, sugiriéndole que la utilizara cuando Heracles no la amara más. Lo que Deyanira creía un filtro de amor era, en realidad, un veneno potentísimo, que destrozó al héroe con terribles dolores, apenas se puso la túnica. Atormentada por el remordimiento, se quitó la vida, mientras que Heracles se arrojó a una hoguera en el monte Eta y, con el estallido de un trueno, fue llevado al cielo de los dioses.

Las amazonas.



Heracles y Teseo se enfrentaron en sus empresas contra el invencible pueblo de las amazonas. Los antiguos consideraban que estas mujeres vivían al margen de la comunidad civil y que habían cimentado un régimen social en el cual ellas realizaban tareas normalmente asignadas a los varones. A estos les tocaba, en cambio, ocuparse de las tareas domésticas y de la crianza de los hijos. Las amazonas eran mujeres muy valientes, capaces de combatir y cazar como hombres. Según algunos, solían mutilarse un seno para poder manejar con facilidad el arco y las flechas. Teseo se enamoró de la reina de las amazonas, Hipólita, la cual le dio un hijo Hipólito.

El héroe Jasón.

Jasón fue educado por el centauro Quirón, del cual aprendió el arte de la medicina. Al llegar a una edad apropiada, Jasón le solicitó a su tío Pelias le devolviera el trono de Yolco, que le correspondía por derecho, pero el rey le impuso como condición que le llevara un vellocino de oro del carnero encantado que estaba custodiado por Cólquida, la hija del rey del lugar, Medea, una hechicera muy poderosa, ayudó al héroe en su empresa. Jasón retornó a su patria llevando consigo a Medea y el cuero del prodigioso animal; contrajo matrimonio con la muchacha y vivió durante diez años. Transcurrido ese tiempo, Jasón decidió que debía casarse con otra joven, por motivos dinásticos, y dejó de lado a su mujer, con la cual había tenido a dos hijos. Medea recurrió entonces a su saber mágico y, con potentes sortilegios mató a su rival y a sus propios hijos. 

Teseo. El héroe de dos padres.

Entre las numerosas leyendas que circulaban sobre el nacimiento del héroe Teseo, una se refiere que el héroe descendía de dos padres uno mortal y otro inmortal. Un día Etra, espléndida princesa de Trecén se dirigió a una pequeña isla que se extendía sobre el mar frente a su patria para ofrecer sacrificios. Allí la sedujo la divinidad del mar, Poseidón y quedó embarazada. Esa misma noche, la muchacha se unió al rey de Atenas, Egeo, que había viajado a Trecén para pedir una opinión, a propósito de un oráculo del famoso Piteo, padre de Etra y rey de Trecén. En el momento del nacimiento, Teseo podía, pues, considerarse hijo de dos padres distintos, si bien pasó sus primeros años de vida en la corte del abuelo Piteo, en compañía de la madre. Cuando creció, Etra le reveló su origen y le permitió dirigirse al palacio ateniense, para reivindicar el trono como príncipe legítimo. Con esa finalidad, le regaló la espada y el calzado que Egeo había dejado en Trecén, como signo de reconocimiento por el hijo. El héroe viajó a la tierra de su padre, y en el camino derrotó a muchos monstruos, tal como lo había hecho Heracles antes que él.
Al llegar a la imponente ciudad de Atenas, la encontró muy alborotada, pues la hechicera Medea, dotada de terribles poderes, se había casado con Egeo y enloquecía en la corte. Comprendiendo de inmediato el peligro que Teseo podía significar para ella, Medea le sugirió a Egeo que lo envenenara con un brebaje servido en una copa durante el banquete. Egeo habría puesto en práctica el plan si su hijo no hubiese sacado la espada paterna para cortar la carne. El anciano rey reconoció al hijo que había dejado cuando era una criatura en Trecén, y lo puso a su lado para administrar su poder.
Transcurrido un tiempo, la ciudad de Atenas se preparó para ofrecer un inmenso tributo al rey de Creta, Minos, quien disponía de los atenienses jóvenes, varones y doncellas, para ofrecerlos en sacrificios al Minotauro, un monstruo de cuerpo humano y rostro de toro. Un antiguo delito, cometido por los atenienses, los obligaba a semejante ofrenda, pero ese año el príncipe Teseo decidió unirse a ellos para tratar de liberarlos de tan trágico destino. Al llegar a Creta, la espléndida isla en la que reinaba Minos, se preparó para enfrentar la terrible prueba: los jóvenes destinados al sacrificio debían ser introducidos en un edificio, en forma de laberinto, en cuyo interior moraba el monstruo sanguinario y en el que no se veía ninguna posibilidad de salida. Mas antes de entrar en el laberinto, Teseo fue visto por la princesa Ariadna, hija de Minos, que se enamoró de él a primera vista, y le enseño el camino para salir del recinto y para vencer al monstruo. Gracias a la muchacha, Teseo liberó a Atenas del tributo, y se embarcó con la princesa para volver a su patria. Sin embargo, al llegar a la isla de Naxos, en la que no había ni un alma, abandonó a la joven que lo había salvado y regresó solo a Atenas.
El éxito cretense no marcó el fin de las empresas de Teseo, quien venció a las amazonas y llegó incluso a los Infiernos, donde fue prisionero de Hades, el rey de los muertos. También el luto se abatió sobre la casa de Teseo el día en que murieron Hipólito y Fedra; el primero, hijo del héroe, perdió la vida porque su padre lo acusó de desear a su madrastra, mientras que Fedra murió debido a la desesperación de haber amado al hijastro y haber provocado su muerte. En sus años de vejez, se presentó en la corte del rey de Esciro, Licomedes, quien lo mató sin la menor consideración por los vínculos de parentesco que los unían. Desapareció así un gran héroe, pero muchos siglos más tarde, mientras griegos y persas luchaban valerosamente en la llanura de Maratón, los soldados atenienses juraban haber visto a un héroe de enorme estatura combatiendo junto con ellos, y que ese héroe era Teseo.

El mito del Minotauro.

Pasifae, reina de Creta, trajo al mundo del Minotauro, un ser con rostro de toro y cuerpo de hombre. El rey Minos, esposo de Pasifae, hizo construir por el arquitecto Dédalo un edificio extraño y maravilloso, el laberinto, del cual nadie podía salir, y ocultó allí al Minotauro. Minos le entregaba cada año siete jovencitas y siete muchachos, que exigía de la ciudad de Atenas como forma de tributo, en señal de sometimiento. Un día, entre los atenienses destinados a ser devorados por el monstruo, fue enviado también Teseo, hijo del rey de Atenas, que logró matar al Minotauro y abandonar el laberinto gracias a Ariadna, quien se enamoró del joven y lo ayudó para hallar la salida.

El mito de Edipo.

Un oráculo le había predicho a Layo, rey de Tebas, que su hijo Edipo le daría muerte. Por eso ordenó que el pequeño, apenas nacido. Fuera abandonado. Edipo fue salvado por un pastor, que lo llevó a la corte de Polibio, rey de Corintio, quien lo adoptó.
Cuando creció Edipo supo que el destino lo llevaba a matar a su padre, y por eso asustado dejó la corte. Un día se encontró con un carro, en el que viajaba Layo y, sin saber, de quien se trataba, lo mató por una discusión. De esa manera cumplió con el Oráculo. Ignorante de todo, se trasladó a Tebas, donde venció a la Esfinge, y se casó con su madre, Yocasta, la viuda de Layo. Una peste lo obligó a interpelar a los dioses: en una sucesión de penas y misterios, la verdad salió a la luz y descubrió los terribles secretos de su vida.


Los maravillosos seres.

Los mitos de los griegos no narraban solamente las leyendas de las divinidades o los héroes que derrotaban monstruos, sino también la de seres extraños. Criaturas  extraordinarias que habitaban las profundidades del mar, los espacios celestes o la Tierra. Tales seres podían ser amigos de los hombres o peligrosos adversarios, y a menudo lucharon contra los mortales con la intención de vencerlos.

Medusa.

Existían tres monstruos impresionantes que tenían cuerpo de mujer con la cabeza llena de horripilantes serpientes y silbaban de una manera espantosa. Su sonrisa estaba desfigurada por dientes similares a los de un jabalí, y sus manos de bronce agitaban el aire cuando estos monstruos volaban con alas de oro. Vivían en los confines del mundo, junto a la corriente del río Océano, y eran hijas del dios del mar, Forcis, y de su hermana Ceto. Medusa era la más célebre de las gorgonas, como se las llamaba a estas extraordinarias jóvenes, y también era la única mortal. La mirada de Medusa tenía el poder de purificar a cualquiera que volviese los ojos hacia ella, pero el héroe Perseo, que llegó a los extremos de la tierra para darle muerte, logró cortarle la cabeza sin convertirse en piedra, gracias a un escudo luminoso que reflejaba la imagen del monstruo. Los reyes habían aconsejado a Perseo que para protegerse pidiera a las ninfas el calzado alado, la Kibisis (una alforja) y el yelmo de Hades, quien hacía invisible a quien lo llevara. Hermes, a su vez, le dio al héroe una pequeña hoz de acero afilado, para decapitar al monstruo. Armado de esta manera, Perseo se presentó ante las tres gorgonas, que se encontraban dormidas: cortó la cabeza de Medusa, antes de que estos seres horrendos abrieran los ojos, y evitó así, quedar petrificado. Luego huyó velozmente y se hizo invisible con el yelmo de Hades, para que las dos gorgonas no pudieran seguirlo.
Cuando Perseo mató a Medusa, de su cuerpo salieron dos seres encantados, el monstruo Crisaor y el caballo alado de Pegaso, fruto de la unión de Medusa con el dios del mar Poseidón.

Los centauros.

Cuenta la leyenda que un día, Ixión, rey de los lápitas, traicionó la hospitalidad de Zeus, señor de los dioses, ante quien había buscado refugio después de haber cometido una serie de faltas graves.  Trató de seducir a Hera, la esposa de Zeus, con lo cual atrajo sobre sí la vergüenza divina.
El dios se enojó terriblemente y creó una nube, llamada Néfele, para hacerle adoptar la apariencia de Hera. Ixión, presa de deseo por la diosa, no descubrió el engaño y se unió a Néfele, dando vida a la estirpe de los Centauros, seres extraordinarios con cuerpo de caballo y busto humano.
Los antiguos consideraban a los centauros extremadamente bárbaros y salvajes, y se decía de ellos que habían intentado raptar a la princesa Hipodamia de los brazos de su esposo durante el banquete nupcial. Los centauros simbolizaban, por lo tanto, a un humanidad feroz y salvaje, y sus empresas estaban marcadas por la violencia. No obstante, el centauro Quirón fue muy diferente de sus compañeros, tal vez porque no descendía de Ixión y Néfele, sino era hijo del dios Cronos y de la ninfa Filira, Apolo y Artemisa le habían enseñado medicina, adivinación, el arte de la caza y la música, y él instruyó a fomosos héroes como Jasón, Asclepio y Aquiles.



La Esfinge.


Un día, el príncipe Edipo llegó desde muy lejos a la tierra de Tebas, de la que él provenía sin saberlo. La ciudad era víctima del terror, pues un monstruo horrendo, la Esfinge, hacía estragos en una montaña poco distante, dando muerte a todo aquél que se acercara y que no fuese capaz de resolver los enigmas planteados por la extraña criatura. La Esfinge tenía rostro de mujer y cuerpo de león, si bien sobre la espalda le habían crecido dos alas que le permitían volar. La había enviado Hera para castigar a Layo, rey de Tebas, culpable de una horrible fechoría, y hasta la llegada de Edipo nadie parecía ser capaz de vencerla. El héroe enfrentó al monstruo con extremo valor, y resolvió sin problema el difícil acertijo que éste le formuló: “¿qué criatura camina en cuatro patas en la mañana, en dos por la tarde y en tres por la noche? El hombre – respondió el príncipe Edipo-, pues cuando es un niño gatea, cuando es adulto camina en dos piernas, y cuando es viejo se ayuda con bastón.
El monstruo, entonces, dándose cuenta de que había sido vencido, se arrojó de inmediato desde lo alto de un peñasco, y no volvió a aparecer en el mundo de los hombres.

El mito de Perseo.

Perseo era hijo de Dánae y de Zeus, que había fecundado a la muchacha descendiendo hasta ella en forma de lluvia de oro.
Cuando el terrible Acrisio descubrió que su hija había tenido un hijo, la persiguió y la encerró con el niño en un cajón de madera que echó al mar.
Los dos desdichados fueron recogidos por el pescador Dictis, quien crió a Perseo como si fuera su hijo.
Un día el joven, que asistía a un banquete con el tirano de la isla. Pilodectes, fue obligado por este último a llevar a cabo una difícil empresa: tenía que traer al soberano la cabeza de una de las gorgonas, si no quería poner en riesgo a su madre.
Perseo partió, pues, de inmediato y, con la ayuda de los dioses, logró cortarle la cabeza a Medusa.  


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martes, 13 de agosto de 2013

¿Qué es un mito?

Para los antiguos griegos, un mito era un tipo de relato: una historia contada entre los miembros de una familia, en la corte de los príncipes o en las plazas griegas. El mito consiste en contar una simple historia, pero debe de tener ciertas características que lo diferencian de una fábula.
Entre los primeros mitos creados entre el ser humano se encuentran los conformados por La cosmogonía, lo cual se explicaba la forma en que el mundo había surgido y se develaba el misterio de la aparición del hombre y de las criaturas vivas.
Cuando no existía la escritura el mito se transmitía de boca en boca, a través del relato oral de los más antiguos de las familias y luego pasaban a las ciudades. Con la invención de la escritura se fueron registrando en textos. En la antigüedad, la gente seguía escuchando los extensos relatos de los rapsodas, que recitaban de memoria las más extrañas y maravillosas historias del mundo mítico. Junto a estos relatos se describían el origen del universo, el hombre produjo sagas interminables, que hacían referencia a las acciones extraordinarias de los héroes y su lucha contra los monstruos y los peligros del mundo conocido. En la época en que ocurrían esos hechos se denominaba  “heróica” y se situaba en un tiempo remoto y en un universo todavía salvaje, cuando los monstruos poblaban la tierra y los dioses acudían en ayuda de los simples mortales durante una casería o batalla.

La leyenda y el mito.

Es arduo establecer un límite entre el mito y la estructura de una fábula o leyenda. También en las fábulas y las leyendas hacen referencia de príncipes, monstruos, reinos malditos de magos y hechizos. En algunas culturas como la china o la céltica no existían mitos propiamente dichos, sino historias fantásticas que en la realidad se confundían con la imaginación. Tal vez, para los más antiguos la diferencia entre el mito y fábula radicaba en el nexo del primero con la religión; los primeros relatos míticos trataban de explicar de dónde venían los dioses, cuál era su vínculo con los hombres y de que manera debían ser adorados. No obstante, la línea que separaba mito, fábula y lyenda era casi invisible, pero con frecuencia los mismos relatos míticos que en determinada cultura narraban la compleja trama de las relaciones entre la divinidad y los hombres, en otras civilizaciones se transformaron en fábulas y leyendas.

La historia y el mito. 


Es dificultoso precisar, en algunos casos, cuál es el límite entre un mito y la historia. En algunas culturas los héroes mitológicos se convirtieron en figuras históricas reales, y otras, por el contrario, se volvieron tan legendarias las gestas de los personajes históricos que los transformaron en dioses y héroes. Uno de los ejemplos más emblemáticos es la figura del faraón: para los egipcios, su soberano no era simplemente un rey, sino un dios, e ingresaba por derecho propio en el mundo del mito, y sus hazañas tenían el sabor de la leyenda.

En el mundo clásico, los hombres célebres como Alejandro Magno y Julio César eran considerados héroes divinos; en los relatos, sus empresas erales se transformaban en acciones mágicas. Los reyes de Roma, personajes que al parecer existieron históricamente en realidad han sido descriptos en el mito como figuras en el límite entre la divinidad y  el héroe. El rey Arturo, la personalidad más famosa del mito céltico, probablemente es una figura que existió de verdad, pero pronto sus hazañas se convirtieron en leyenda.

Los mitos de la antigua Mesopotamia.


Al principio de los tiempos, muchas de las divinidades del mundo mesopotámico habitaban el universo, entre ellas Enlil, rey de los reyes que poseía la tierra y soplaba sobre ella con todos los vientos y las brisas; Anu, padre de las deleidades, que denominaba las regiones celestes; Sin, la Luna y sus hijos; Shamash, el Sol; Istar, el planeta Venus, la caprichosa y voluble diosa del amor y la guerra. Un día la gran Diosa Madre, creadora de todas las cosas, decidió dar origen al linaje de los hombres, para que fueran servidores de los dioses inmortales. La nueva progenie fue criada por los Siete Sabios, hombres divinos que existían desde tiempos inmemorables y que conocían el secreto del saber. Pero, el constante clamor que profería la estirpe mortal irritó profundamente a las divinidades, quienes resolvieron inundar la Tierra con un terrible diluvio para exterminar a los hombres. Pero algunos de ellos sobrevivieron y con ellos se inició una época más feliz para los hombres.




El diluvio.


En la cultura mesopotámica aparece un relato que se repite en muchas otras mitologías, el del diluvio, en el que se narra la destrucción del mundo y el surgimiento de una nueva era. A la que accederá sólo aquél que se haya comportado bien.
Este primer hombre es prevenido por los diosas y puede salvarse, en general con toda su familia y con sus animales que logre llevar consigo a la nave de salvación. También en la religión cristiana existe este mito, en el que el sabio Noé, recibe a Dios el aviso de que el diluvio inundará la tierra y que todas las criaturas morirán. Noé, construye un barco,  el Arca, con la que se salva. En la India, el Dios Vishnú salva a un hombre que se está ahogando; en los que Mayas, se presenta la serpiente del diluvio universal; el mito griego, recuerda las aventuras de Deucalión y su esposa Pirra, los únicos sobrevivientes del diluvio.          

El mito en Egipto.

Pese al profundo interés que el pueblo egipcio dedicó a los difuntos y al destino que esperaba al muerto en el más allá, la mitología manifiesta también un profundo amor por la vida y una gran devoción por los elementos de la naturaleza, entre los cuáles el río Nilo revistió siempre una relevancia especial en los egipcios. Heródoto, estaba convencido de que Egipto era un don del Nilo, en sus riberas se desarrolló la vida del reino egipcio desde sus orígenes. Durante las crecidas, regaban con regularidad las tierras contiguas, haciéndolas fértiles.; la agricultura fue durante milenios el recurso económico básico de Egipto. El Nilo era considerado una divinidad con su propio culto.
El sacerdote supremo era el Faraón, a quien rendían los honores representados a las demás deidades.
Los egipcios fueron un pueblo muy religioso. Crearon numerosas divinidades a la que le dedicaron majestuosos templos y ofrecieron todo tipo de honores. Debido a la importancia atribuida a la religión y al ritual, los sacerdotes tenían un gran prestigio. Cada centro de culto produjo sus mitos y leyendas sobre cómo sus dioses habían creado el universo.    
Hubo aquí quienes dijeron que de las aguas, llamadas Nun, que en un principio se identificaba al universo, había salido una colina, y sobre ésta, el Dios creador de todas las cosas había asumido una forma: se convirtió en un pájaro fantástico, dotado de larga plumas de colores, y lanzó un grito tan alto que hizo estallar el silencio del cosmos. Según otra versión, en las aguas del Caos navegaban ocho criaturas: los varones tenían cabeza de rana y las mujeres, cabeza de serpiente. Eran los primeros Dioses y se llamaban Heh y Hehet, Nun y Naunet, Ket y Keket  y Amón y Amaunet. Cuando estos seres se fusionaron, dieron vida a un huevo de inmenso tamaño, del cual según el mito, surgió el creador. En algunas leyendas se narraba que este huevo había sido llevado a la cima de una colina por una oca mágica, que lo incubó durante muchísimos años, hasta que el cascarón se abrió y emergió el ave Félix, espléndido y legendario pájaro sagrado, muy venerado por los egipcios. Al parecer tenía aspecto de un águila gigantesca y muy bella.
La versión más curiosa de la historia es la que habla de la creación del loto desde el abismo primordial. Según este relato, el loto, flor acuática de suave corola, había surgido de las aguas tranquilas al comienzo de los tiempos, que al abrirse develó al dios creador, el Sol. Cada noche el loto se hundía en las profundidades de las aguas, ocultando el sol al universo, y cada día volvía a la superficie, desplegándose para traer la luz.

El ave Fenix.


Nacido en Etiopía, donde vivió durante un período que varía de 500 a 1461 años, y de algunas tradiciones, 12954 años. La leyenda narra su muerte y renacimiento. En este punto las versiones son discordantes: según algunas, el ave Fénix recolectaba plantas aromáticas, entre otras el incienso, y formaba un nido del cual surgía un nuevo pájaro, tras la muerte del original. En otros relatos, el ave Fénix incendiaba las ramas, y de la hoguera emergía una nueva ave: esta ponía el cuerpo de quien la había engendrado en un tronco hueco de mirra y lo llevaba Heliópolis, donde un sacerdote incineraba el cadáver del primer pájaro y celebraba el nacimiento del segundo. El ave Fénix era considerada un animal divino, eterno, y por eso los cristianos lo tomaron como símbolo de resurrección. Para los egipcios, en cambio, era la encarnación del sol y del dios de los muertos, Osiris.  
Isis y Osiris.

Osiris era el dios de la vegetación, y su culto probablemente llegó a Egipto desde Siria en tiempos muy antiguos: desde sus orígenes se lo asoció con la devoción a los muertos, como muestran muchos aspectos de su mito. Cuenta la leyenda que en el tiempo en que Osiris ocupó el trono heredado de su padre, los hombres aún vivían como bárbaros: se alimentaban con carne humana y no sabían adorar a los dioses. Con su ascenso al poder, el dios llevó la civilización a sus súbditos, en señalándoles qué comer y cómo honrar a las divinidades. Su culto se difundió por todo Egipto, donde era adorado junto a Isis y a su hijo Horus, nacido después de su muerte.
Isis.


Era la esposa de Osiris. Al parecer le había enseñado al dios la práctica de la agricultura y este hizo participes de ella a los hombres. Su papel fue más bien secundario mientras su marido estuvo vivo, pero al morir Osiris, la figura de Isis cobró un valor fundamental en la mitología egipcia. Adorada a lo largo de la historia, se la consideraba el símbolo de  la rica y fértil tierra de Egipto, Mientras que Osiris simbolizaba el Nilo, que con sus crecidas fecundaba la tierra. A menudo se la representaba con cuernos o incluso con cabeza de vaca; otras veces se la mostraba como una mujer amamantando a su hijo el pequeño Horus.